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jueves, 1 de octubre de 2015

Tengo cáncer y, ¿ahora qué?

 


El 24 de enero del 2014 es una fecha que nunca olvidaré. Tenía solos dos meses de haber culminado una de mis metas más grandes, graduarme de licenciada en periodismo. Estaba en el mejor momento de mi desarrollo como atleta, acababa de conseguir el trabajo de mis sueños y en dos días cumpliría los 24 años. Nunca pensé que este día cambiaría el transcurso de mi vida para siempre.

Eran pasadas las cuatros de la tarde y me encontraba en el consultorio del Dr. Carlosmagno Castillero en la Clínica Nacional, cuando de repente empecé a ver la vida en mudo. Solo alcancé a escuchar al especialista en oncología decir: “la biopsia dio positiva. Tienes cáncer”. ¿Yo tenía qué? ¡Era imposible! Yo apenas estaba comenzando a vivir. Se suponía ahora venía lo bueno.

Mientras el médico trataba de explicarme los pasos que tenía que seguir en adelante, yo no lograba salir del estado de shock. Yo miraba a mi abuela y al verla tan tranquila, sin lágrimas brotar de sus ojos, asumía que todo estaba bien. Pero no, todos los planes se habían ido al vacío. Al salir mi abuela les comunicó a mi madre y a mi tía la noticia. Yo llamé a mi padre y a mi mejor amigo para contarles las malas nuevas. Fue allí donde reaccioné y caí en cuenta de lo que se venía encima.

Pedía un espacio para ir al baño. Me encerré y fue allí donde vino ese pensamiento a mi mente. ¡Tengo cáncer! ¡Voy a morir! Lloré como un bebé y vi mi vida transcurrir en mi mente. Todos mis planes, mis sueños, mis anhelos, todo parecía esfumarse como agua entre los dedos. Mi mundo se derrumbaba.

Cuando logro reponerme y salí del baño, no pude evitar percibir la desesperación y el dolor en el rostro de mis familiares. No sabían qué decir. No sabían cómo actuar. En el fondo tenían el mismo temor que yo: Ivonne va a morir. En medio de esta situación solo se les ocurrió decir: “tienes que ser fuerte. Vamos a superar esto”.

¿Tengo que ser qué? ¿Vamos? Si la que está pasando por esto soy yo, pensaba hacia mis adentros. Aquí la que está mal soy yo. ¿Con qué cara me piden fortaleza si ellos están que se desmoronan? En fin, qué remedio. Era momento de hacerle frente a la enfermedad.

Los tratamientos
Ya había transcurrido una semana de mi primera terapia en grupo y de mi primera cita con el oncólogo, el increíblemente dulce y amable, Dr. Omar Castillo. Ya me había advertido que la quimioterapia era un tratamiento fuerte. Ya estaba anuente que iba a perder mi cabello, pero no dejaba de pensar que no tenía que ser del todo así.

Era el día de los enamorados. Era 14 de febrero. Desde las 5:00 de la mañana llegué al Instituto Oncológico Nacional (ION) para recibir mi primera quimioterapia roja, a la que todos temen. No tenía apetito. No tenía ánimo. Recuerdo que fui vestida muy andrajosa, ni siquiera quise peinarme ese día.

Mi padre se trasladó desde la provincia de Veraguas. Mi hermano José Darío, mi madre y por supuesto mi compañera de mil batallas, mi abuela Bárbara estaban presentes ese día. Todos nos miraban y juraban íbamos a acompañar a mi abuela. Nadie se imaginaba la paciente era yo.

Mientras en mi mente escuchaba esa estrofa de la canción de Rubén Blades “saliendo del hospital después de ver a mi mamá, luchando contra un cáncer que no se puede curar...”, escuché en el altavoz mi nombre, lo que indicaba que ya era mi turno. Me llamaron a la sala 4 de quimioterapia.

Al entrar noté que casi todas las pacientes eran mujeres adultas, poco mayor de 45 años. Algunas pocas eran más jóvenes. Al sentarme todas quedaron perplejas. En su mirada se veía la expresión de ¿esta nenita tiene cáncer? La enfermera Inés se acercó con unas agujas.

- ¿Ya tomaste la pastilla para las náuseas?-, me preguntó.
- Sí miss, ya la tomé. Le respondí.
- Bueno, llamaré a tus familiares para explicarles cómo funciona este tratamiento, cuáles son los posibles efectos secundarios y cómo deben responder ante cada situación.

Mis familiares entraron. El pánico era evidente. Todos lo notaron. Cuando la miss Inés terminó su intervención, las otras pacientes empezaron a darle consejos a mi familia sobre cómo mantener mi hemoglobina alta. Después empezaron a contar chistes para romper el hielo y amenizar la tarde.

Luego de cuatro horas salí de quimioterapia. Por fin iba a mi casa. Sentía como si un camión me hubiese pasado por encima. Estaba cansada, débil y tenía malestares y náuseas. No quería saber de nada. Llegué a casa y me acosté en la cama. No me desperté hasta el día siguiente.

Con el paso de los días perdí el gusto por la comida. El ánimo estaba en el piso y las fuerzas eran pocas. Pensaba no iba a poder más. Era tan solo la primera de 16 tratamientos de quimioterapia que me tocaban recibir.

Efectos
Mi cabello llegaba a la mitad de mi espalda. Era de un color castaño con las puntas rojas. Había tardado muchos años en lograr que estuviese así. Estaba claro que en unos días ya se me caería y era algo inevitable, tenía que cortarlo. Para que no fuera tan doloroso lo corté estilo honguito como cuando tenía siete años.

Pasaron dos semanas y aún no recuperaba el gusto. La comida me sabía a metal. Mi apetito aumentó. Y sabía el momento, que me rehusaba a aceptar, ya llegaría. Estuve dos semanas sin lavarme el cabello porque sabía que cuando lo hiciera lo perdería. Nunca tuve el valor de hacerlo. Esperé a un campamento de la iglesia para pedirle a Nicole que me lo lavara. Yo no tenía las agallas.

El destino se cumplió. Se me cayó el cabello por pedazos. Gracias a Dios estaba en un campamento cristiano porque fue un momento duro. Mientras escribo estas líneas recuerdo el dolor de ese día. Recuerdo cómo sentía el mundo se me venía abajo ¿Quién se fijaría en mí si no tenía cabello? Me percibía espantosa.

Por suerte ya había comprado y empacado mi peluca y me la puse. Regresé a la ciudad para ir a una barbería, en pleno martes de carnaval, donde todos los locales están cerrados. Encontré una peluquería de chinos en El Dorado. La chinita no quería raparme el cabello. Yo me imaginé en ese momento que era Demi Moore en GI Jane para que no fuera tan duro lo que estaba viviendo.
Así perdí también mis cejas y mis pestañas. Así transcurrieron el resto de las quimioterapias. A veces me daban náuseas y a veces me generaban ansiedad. Mientras, yo me paraba todas las madrugadas a llorar, a reclamarle a Dios por la prueba que me estaba poniendo y a exigirle me ayudara a superarla. Yo sentía no iba a poder.

Amor incondicional
No les había contado, pero yo tenía un novio cuando me diagnosticaron la enfermedad. Es salvadoreño y era una relación a distancia. Sí, lo sé, amores de lejos felices los cuatro. Pero yo estaba profundamente enamorada. Y él se portó tan lindo conmigo al principio. Incluso pensé todo era perfecto porque hizo un viaje para visitarme y acompañarme en mi segunda quimioterapia.

Me sentía bien. Por un momento olvidé lo fea que me sentía porque creía era amada por mi novio. Pero qué triste fue descubrir a la semana, de tan especial viaje, que me había sido infiel con otra panameña en suelo patrio. Y eso no fue lo más triste. Lo que me llegó hasta el alma fue leer que le decía que él estaba conmigo porque sentía lástima por mí, por lo que yo estaba pasando. Eso me marcó para siempre.

Los amores de pareja pueden ser temporales pero existen unos más valiosos que siempre durarán: el amor de la familia, el cariño de los amigos. En este sentido no puedo quejarme. A pesar que a veces no entendían por lo que pasaba, que se alejaban por atender sus propias vidas y pese a mis maltratos, estos seres tan especiales siempre estuvieron allí para mí y se portaron a la altura de las circunstancias.

Palabras de aliento siempre encontré. Hombros donde llorar también. Amor, comprensión, ánimo y gente dispuesta a compartir lo peor conmigo, siempre tuve a mi disposición. Los abrazos, los besos y la fraternidad siempre estuvieron allí. ¿Cómo olvidar que el día de mi cirugía había más de treinta personas en la sala de espera para conocer el resultado? ¿Cómo pasar por alto que hubo quienes oraban por mí todos los días con todas sus fuerzas? ¿Cómo no acordarme que siempre me decían lo bella que era aún sin cabello, y después, sin un seno?

Sí, a mí me hicieron una mastectomía radical modificada, en otras palabras, me quitaron un seno. Fue uno de los días que más miedo sentí. Lo más impactante fue ver por primera vez mi cicatriz. Creía que Frankenstein era un detalle al lado mío. Pero allí estuvieron mis amigos, conocidos, compañeros de grupos estudiantiles y de clases. Pero el más importante, el que estuvo en todo momento, el que nunca me dejó sola, mi hermoso Dios.

La solidaridad y el amor son fundamentales para la recuperación de nosotros. A mí no me hizo falta. Soy increíblemente afortunada porque hoy, un año y ocho meses, después de 16 quimioterapias, un año de inyecciones de trastusumab, una operación y 45 radioterapias; puedo gritar a los cuatro vientos que soy una sobreviviente. Sí señores. ¡Sobreviví el cáncer!

Créanme no es una lucha fácil. Tuve momentos muy duros. Días en los que me deprimí, días en los que sentía rabia con Dios por lo que sufría, días en los que simplemente quise colgar los guantes. Pero en todo momento ese mismo Dios me sostuvo hasta el final. Me enseñó el valor de la vida, de la familia y los amigos. Aprendí cuál es la verdadera belleza. Me hizo fuerte.

No soy la misma Ivonne. Mi vida sí cambió. Hoy sé lo que es ser feliz. Hoy puedo reconocer lo que es bueno y lo que no. Mis relaciones interpersonales son mejores. Ya no me estreso ni peleo tanto. Soy más comprensiva y cariñosa.

Hoy tengo un cabello, cejas y pestañas, nuevas y hermosas. Hoy reconozco que mi belleza es interna y se refleja a lo externo. Ya toqué mi campana que me anuncia un nuevo mañana. Estoy agradecida por una segunda oportunidad. Volví a nacer. ¡Hoy tengo vida!


Redacción: Ivonne M. Rodríguez